¿Presidente o “emperador”? Venezuela, Groenlandia, ICE y más capítulos del primer año de Trump.
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Cuando Hans Christian Andersen publicó su cuento “El traje nuevo del emperador” en 1837, Dinamarca ya ejercía soberanía sobre Groenlandia desde 1776. Esa fecha coincide con la independencia de las trece colonias británicas en América del Norte. Unos 250 años después, el relato de Andersen recupera una validez asombrosa en el contexto político actual. Groenlandia vuelve a ser el trasfondo de una presidencia que muchos califican de imperial. El eje del cuento no es solo la vanidad del líder, sino la debilidad de sus subalternos. Estos asesores, por temor a perder privilegios, evitan decirle la verdad a un mandatario que camina convencido de su propia infalibilidad.
En este segundo mandato de Donald Trump, figuras como Stephen Miller han asumido un rol protagónico. Miller, vicesecretario de política pública, es comparado con los estafadores que prometieron el traje invisible al rey. Como arquitecto de las redadas migratorias y la estrategia hacia Venezuela, Miller impone una agenda propia y audaz. En declaraciones oficiales a CNN, Miller afirmó que Estados Unidos debe comportarse como la superpotencia que es. Criticó que naciones en su “trastienda” suministren recursos a adversarios en lugar de a Washington. Bajo esta premisa de dominio hemisférico, el asesor ha justificado tanto la retórica contra Groenlandia como las acciones radicales en Sudamérica.
Sin embargo, no todos en el ala republicana comparten esta visión sin fisuras. El senador Thom Tillis fustigó duramente la influencia de estos asesores en el pleno del Senado. Tillis, quien no buscará la reelección, calificó la fijación con Groenlandia como una “tontería” y una distracción del trabajo serio. El legislador sugirió que los consejeros que impulsan estas ideas deberían perder sus empleos de inmediato. A pesar de estas críticas, el Gabinete de Trump se ha mantenido notablemente estable en comparación con su primer periodo. Esto permite que figuras como Miller consoliden una estructura de poder que se asemeja cada vez más a una monarquía territorial.
¿Es Groenlandia el nuevo capricho imperial de Washington?
La ambición territorial de Trump ha escalado a niveles sin precedentes durante este primer año de regreso. El mandatario ha reclamado a Canadá como el estado número 51 y ha exigido la devolución del Canal de Panamá. Sobre Groenlandia, el presidente afirma que tomará la isla «por las buenas o por las malas». Esta postura ignora que el territorio pertenece al Reino de Dinamarca, un aliado estratégico y miembro de la OTAN. Un ataque o anexión forzosa activaría el Artículo Quinto de la alianza, obligando a una respuesta colectiva. No obstante, la retórica expansionista sigue siendo el pilar de su comunicación oficial en redes sociales.
La presencia de Trump en el escenario internacional ha sido descrita como la de un «trol» de alto nivel. Recientemente, replicó una imagen alterada de Wikipedia donde figuraba como “presidente encargado de Venezuela”. Este mensaje llegó días después de una operación militar cinematográfica el 3 de enero de 2026. En dicha acción, fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro y Cilia Flores para trasladarlos a Nueva York. Inmediatamente después, Trump respaldó a Delcy Rodríguez como presidenta interina del país caribeño. Al mismo tiempo, el mandatario descalificó públicamente a la líder opositora María Corina Machado, marginándola del proceso de transición.
El control sobre los recursos energéticos venezolanos es el objetivo final de esta maniobra geopolítica. Trump se reunió con líderes de empresas petroleras para definir el futuro del crudo en la región. Durante el encuentro, Darren Woods, presidente de ExxonMobil, expresó sus dudas sobre las condiciones actuales para invertir. La respuesta del presidente fue tajante y autoritaria, amenazando con excluir a la empresa del proceso por no alinearse con su visión. Este desprecio por el disenso recuerda a los antiguos soberanos que no aceptaban críticas de sus súbditos. Para Trump, la lealtad corporativa es tan esencial como la política.
¿Puede un presidente fijar las tasas de interés por decreto?
En el frente interno, la administración enfrenta el reto de cumplir sus promesas económicas de campaña. Aunque Trump insiste en que la economía florece, la generación de empleo ha mostrado una reducción notable. Los precios de la canasta básica presentan un comportamiento errático que afecta el bolsillo de los ciudadanos. Mientras la gasolina ha bajado de precio, productos esenciales como la carne y el café se han disparado. Para frenar el malestar social, el presidente utilizó sus redes oficiales el 9 de enero para lanzar un edicto económico. Ordenó que las tasas de interés de las tarjetas de crédito se congelen en un 10%.
Esta medida, que busca evitar que los estadounidenses sean «asaltados» por el sector financiero, carece de sustento legal. En el sistema estadounidense, el presidente no tiene autoridad para establecer tasas de interés por decreto. Una decisión de tal magnitud requeriría la aprobación del Congreso y una reforma estructural del sistema financiero. Trump, sin embargo, advirtió desde el avión presidencial que las empresas que no cumplan estarían violando la ley. Esta confusión entre la voluntad personal y la autoridad constitucional refuerza la imagen de una presidencia que ignora los límites tradicionales del poder.
La comparación con Luis XV, el «Rey Sol», se vuelve inevitable al analizar el discurso del mandatario. Al igual que el monarca francés, Trump parece creer que su mente es el único control válido para sus acciones. En entrevistas recientes, aseguró que no existe nadie en la historia que merezca el premio Nobel de la Paz más que él. Incluso recibió de manos de María Corina Machado la medalla de oro del Nobel en un encuentro privado. Curiosamente, al día siguiente elogió a Delcy Rodríguez como una «persona estupenda». Esta dualidad y su creencia en la infalibilidad personal marcan el tono de su gobernanza.
¿Se considera Trump por encima de las leyes electorales?
El control del poder también se manifiesta en la estética y los símbolos nacionales. Trump ordenó demoler la histórica Ala Este de la Casa Blanca para construir un gran salón de baile. Además, el Jardín de Rosas ha sido pavimentado y el Despacho Oval luce ahora ostentosos remates dorados. El cambio más simbólico ocurrió en el Centro Kennedy de las Artes Escénicas. Tras presidir la junta directiva, Trump logró que el complejo fuera rebautizado con su propio nombre. El 18 de diciembre, el nuevo aviso con el apellido Trump fue colocado por delante del nombre de John F. Kennedy.
En el ámbito judicial y legislativo, el primer año ha dejado hitos que transformaron la política exterior. El bombardeo a instalaciones nucleares en Irán el 22 de junio puso fin a cualquier esperanza de acuerdo atómico. En contraste, el 9 de octubre logró un cese al fuego en Gaza bajo supervisión directa estadounidense. A nivel doméstico, la publicación de los papeles de Jeffrey Epstein en noviembre cumplió una demanda de sus bases. Aunque no se hallaron vínculos delictivos del presidente, el asunto generó tensiones internas. Estas acciones demuestran una capacidad de ejecución que ignora las convenciones diplomáticas y burocráticas previas.
¿Qué nos depara el futuro bajo este mandato imperial?
El primer año del segundo mandato de Donald Trump concluye con una nación y un mundo transformados. Las deportaciones masivas, iniciadas el 15 de marzo invocando leyes de 1798, han generado protestas masivas. Casos como el de Kilmar Ábrego García, deportado a pesar de una orden judicial, simbolizan la dureza de la nueva era. La ruptura con aliados tecnológicos como Elon Musk también marcó la agenda tras disputas por recortes fiscales. Trump ha dejado claro que su administración no se detendrá ante críticas externas o limitaciones institucionales.
Con tres años más de gobierno por delante, la incertidumbre sobre el alcance de su poder es total. El presidente incluso ha bromeado con cancelar las elecciones intermedias, alegando que su éxito es tan grande que no deberían ser necesarias. Aunque la Casa Blanca intenta matizar estas declaraciones, el patrón de conducta sugiere una intención de permanencia prolongada. Trump no solo busca gobernar, sino rediseñar los cimientos de la democracia estadounidense a su imagen y semejanza. El «emperador» sigue desfilando, y en Washington, cada vez menos personas se atreven a señalar que el traje podría ser inexistente.
